Turing pregunta: ¿pueden pensar las máquinas?
En octubre de 1950, la revista Mind publicó un artículo de Alan Turing titulado “Computing Machinery and Intelligence”. Su primera frase iba directa al grano:
“Propongo considerar la pregunta: ¿pueden pensar las máquinas?”
Turing sabía que la pregunta era una trampa semántica — ¿qué significa “pensar”? — así que la reformuló en términos operacionales: el juego de la imitación, hoy conocido como el Test de Turing.
El juego de la imitación
La prueba es simple: un interrogador humano mantiene una conversación por escrito con dos interlocutores ocultos, uno humano y otro máquina. Si el interrogador no puede distinguir de forma fiable cuál es cuál, la máquina ha pasado el test.
Turing no afirmó que pasar el test demostrara conciencia. Propuso que, si una máquina es indistinguible de un humano en su comportamiento conversacional, la pregunta “¿pero realmente piensa?” pierde relevancia práctica.
Las objeciones
Turing anticipó y respondió sistemáticamente las objeciones que se le plantearían durante las siguientes siete décadas:
- La objeción teológica: “Pensar es una función del alma inmortal.” Turing la descartó por no ser falsable.
- La objeción matemática: basada en el teorema de Gödel — hay verdades que ningún sistema formal puede demostrar. Turing señaló que los humanos tampoco somos infalibles.
- La objeción de Lady Lovelace: “Las máquinas solo hacen lo que se les programa.” Turing respondió que los humanos también son producto de su programación genética y cultural, y que una máquina podría sorprender a su creador.
- La objeción de la conciencia: “Una máquina no siente.” Turing argumentó que tampoco podemos demostrar que otro ser humano sienta — asumimos que sí por analogía.
La predicción
Turing hizo una predicción concreta:
“Creo que en unos cincuenta años será posible programar ordenadores con una capacidad de almacenamiento de unos 10⁹ bits para hacerlos jugar tan bien al juego de la imitación que un interrogador medio no tendrá más del 70% de probabilidad de hacer la identificación correcta tras cinco minutos de interrogatorio.”
El plazo era optimista, pero la dirección era correcta. Setenta y cinco años después, modelos de lenguaje mantienen conversaciones que habrían impresionado al propio Turing.
El legado
El artículo de 1950 no resolvió la pregunta de si las máquinas pueden pensar. Hizo algo más importante: estableció que la pregunta merece ser tomada en serio y propuso un marco para abordarla. Toda la inteligencia artificial posterior — desde los sistemas expertos hasta los LLMs — vive en el espacio intelectual que Turing abrió con veinticinco páginas en una revista de filosofía.