El 6 de agosto de 1991, Tim Berners-Lee, un físico británico que trabajaba en el CERN (Ginebra), publicó el primer sitio web de la historia en la dirección info.cern.ch. La página explicaba qué era la World Wide Web y cómo usarla.

No tenía imágenes, ni colores, ni diseño. Solo texto con hiperenlaces: palabras que, al hacer clic, llevaban a otros documentos. Eso fue suficiente para cambiar la civilización.

Los tres pilares

Berners-Lee no inventó Internet (eso fue ARPANET/TCP-IP). Inventó la Web: una capa de aplicación sobre Internet basada en tres tecnologías:

  • HTML (HyperText Markup Language): el lenguaje para estructurar documentos
  • HTTP (HyperText Transfer Protocol): el protocolo para transferirlos
  • URL (Uniform Resource Locator): el sistema para direccionarlos

Con estas tres piezas, cualquier persona podía publicar información y cualquier otra podía acceder a ella desde cualquier lugar del mundo.

La decisión que lo cambió todo

En abril de 1993, el CERN tomó una decisión histórica: liberar la tecnología de la Web al dominio público, sin patentes ni licencias. Berners-Lee insistió en que la Web debía ser abierta y gratuita.

Si el CERN hubiera cobrado royalties por cada página web, por cada enlace, por cada servidor HTTP, la Web probablemente habría muerto en su cuna. En cambio, explotó:

  • 1993 — 130 sitios web
  • 1995 — 23.500 sitios
  • 2000 — 17 millones
  • 2025 — más de 1.900 millones

El legado

Berners-Lee fue nombrado caballero por la reina Isabel II en 2004. En la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012, tuiteó en vivo: “This is for everyone”.

Esa frase resume la Web tal como fue concebida: un bien común, abierto, descentralizado. El debate sobre si la Web actual honra o traiciona esa visión original es una de las preguntas más importantes de nuestro tiempo.